A veces pienso que el accidente no solo partió mi vida en dos por lo físico.
También cambió mi forma de estar en el mundo.

No fue un cambio inmediato ni limpio.
No fue que un día me desperté siendo “otra persona”.
Más bien, con el tiempo, empecé a notar que muchas cosas que antes me definían ya no estaban ahí,
y que habían aparecido otras que antes no tenían tanto peso en mí.

Antes

Antes del accidente me gustaba mucho la fiesta.
A cada rato buscaba a mis amigos para ver si había algo:
una reunión, una salida, una fiesta, cualquier plan para no quedarme en casa.

Era muy sociable.
Me gustaba estar con gente, moverme de un lugar a otro, sentir que siempre estaba pasando algo.
Estudiaba arquitectura y, siendo honesto, la escuela no me interesaba demasiado.

Cumplía con lo que tenía que hacer, pero mi atención estaba más puesta en otra parte:
en los amigos, en salir, en ver qué plan salía ese fin de semana o incluso ese mismo día.

No digo esto con vergüenza ni como crítica.
Simplemente así era yo.
Mi energía estaba afuera.

Después

Después del accidente, eso cambió muchísimo.

Dejé de ser sociable como antes.
Ya no me nacía buscar gente todo el tiempo.
Ya no tenía esa necesidad de estar viendo qué plan había, ni esa facilidad para moverme entre reuniones,
fiestas o grupos grandes.

Parte de eso tenía que ver con todo lo que pasó.
Parte tenía que ver con el cansancio.
Y parte, creo, con que ya no era la misma persona.

Mientras eso pasaba, empecé a aplicarme muchísimo en la escuela.
Es raro pensarlo ahora, porque fue casi el movimiento contrario al que había sido antes.
Lo que antes me importaba poco empezó a importarme mucho.

También me cambié de carrera.
Dejé arquitectura y me fui a programación.
No fue un cambio menor.
Fue una decisión grande, y en ese momento se sintió como empezar otra vez,
pero también como acercarme más a algo que sí podía sostener de verdad.

Me enfoqué muchísimo.
Estudié con una disciplina que antes no tenía.
Me tomé la carrera en serio.
Al final me gradué por alto rendimiento, así que ni siquiera tuve que presentar tesis.

Eso, visto desde fuera, suena bien.
Y sí: fue un logro real.
Me da gusto haberlo hecho.

Pero al mismo tiempo también me deprimí durante un periodo.

Lo digo porque a veces las historias de cambio se cuentan demasiado ordenadas:
como si una persona sufriera algo duro, madurara, se disciplinara y ya.
En mi caso no fue así.

Sí me volví más aplicado.
Sí cambié de carrera.
Sí saqué buenos resultados.
Pero eso no borró la parte difícil.
No borró el aislamiento.
No borró la tristeza.
No borró el tiempo en el que simplemente me sentía mal.

Creo que ambas cosas convivieron:
por un lado, una versión mía mucho más enfocada y disciplinada;
por otro, una etapa de depresión y de distancia con los demás.

No sé cuál versión era “más yo”

No sé si el accidente me convirtió en otra persona
o si solo dejó ver partes de mí que antes estaban tapadas por el ruido, la fiesta y la inercia.

A veces extraño cosas de como era antes:
la facilidad para convivir,
la ligereza,
esa forma de vivir sin pensar tanto.

Pero también reconozco que después desarrollé cosas que probablemente no habría desarrollado de otra manera:
disciplina,
enfoque,
constancia,
y una relación mucho más seria con mi trabajo y con lo que quiero hacer.

No escribo esto para decir que una versión era mejor que la otra.
Solo para dejar claro algo que a veces cuesta aceptar:
hay eventos que no solo te cambian la vida por fuera,
también te reorganizan por dentro.

Y luego te toca aprender a vivir con esa nueva mezcla.