CAPÍTULO 3 – El Barranco

Desperté sin saber cuánto tiempo había pasado.

La espalda ardía, como si alguien hubiera encendido fuego dentro de mí. La cabeza latía con un pulso lento y pesado. El aire olía a humedad, a tierra mojada, a plantas aplastadas.

Tenía frío.
Miedo.

Escuchaba voces lejanas, arriba.

—¿Estás bien?
—Quédate ahí.
—No te muevas.

Intenté mover las piernas.

Nada.

No sentía el suelo con claridad, pero sabía que estaba tirado en algún lugar profundo. La oscuridad era tan espesa que parecía tener peso. No distinguía formas: solo manchas negras sobre negro.

Entonces vi las luces.

Arriba, entre los árboles, se movían linternas. Pequeños círculos de luz que avanzaban despacio, iluminando fragmentos del barranco. Las voces venían con ellas, subían y bajaban, rebotaban entre las ramas.

Entendí algo con una claridad incómoda: si me quedaba ahí, no iban a llegar hasta mí.

Tenía que moverme.

No después.
No cuando se pudiera.
Ahora.

Intenté incorporarme. El cuerpo no respondió.

Así que hice lo único que podía hacer.

Empecé a arrastrarme.

No sabía hacia dónde. No sabía si subía o bajaba. Solo avanzaba. Pero no con calma: con prisa torpe, desesperada. Como si el cuerpo supiera algo que la cabeza todavía no entendía. Como si quedarme quieto fuera desaparecer.

Movía los brazos una y otra vez, sin pensar, jalando la tierra húmeda con todo lo que tenía. Las manos se hundían en el lodo. Las uñas raspaban piedras y raíces. El dolor en la espalda se encendía con cada intento, pero no me detenía.

No podía.

Mientras me arrastraba, las linternas seguían moviéndose arriba. Pero no se acercaban.

Se alejaban.

Las luces se hacían más pequeñas.
Las voces más débiles.

Eso me apuró más.


Nota: este es un fragmento. Más adelante voy a publicar otras partes del capítulo.