Del accidente hablo de la columna.
Hablo del oído.
De la cicatriz que nadie ve si no la enseño.

Hay una parte que casi nunca cuento.

Esa noche se dañó algo más del lado derecho.
Algo que no se ve en una radiografía de la espalda. Que no tiene nada que ver con el oído.

Pero durante mucho tiempo fue lo que menos me importó.

En el hospital tenía otras prioridades. Oír. Caminar sin tambalearme tanto. Coordinar un cuerpo que apenas estaba reaprendiendo a obedecer.

Al lado de eso, lo otro no pesaba nada.

Empezó a pesar después.

Cuando volví a la universidad y empecé a ver gente que no era mi círculo cercano, gente que no sabía nada de mí, ahí fue cuando empezó a importarme.

Ahí bajó algo que no sabía que podía bajar tanto.

Un día me vi al espejo y algo no cerraba parejo.

Sigue sin cerrar parejo.

Se nota más cuando sonrío.
Casi nada cuando estoy serio.

Mi familia dice que no se nota.
Yo sí lo veo.

No sé cuál de las dos cosas es cierta.
Tal vez las dos.

Es raro cargar algo que para ti es evidente y para los que más te quieren es invisible.
No es que no te crean.
Es que dejaron de verlo hace años, de tanto verte.

Con el oído aprendí algo que me sirvió después: lo que se nota no siempre es lo que define.

Con esto todavía estoy aprendiendo esa parte.

Llevo diez años cargando con lo que pasó esa noche, y esta era la única parte que me había guardado.

Ya no.