Fragmento: "La Fiesta"
CAPÍTULO 1 – La Fiesta
El 12 de febrero de 2016 empezó como cualquier otro viernes.
Nada raro.
Nada especial.
Aunque yo estaba particularmente de buen humor.
Ese día se estrenaba Deadpool y desde la mañana, en la universidad, no hablábamos de otra cosa. Estudiaba arquitectura, así que pasábamos demasiado tiempo juntos: salones largos, mesas manchadas de pegamento, maquetas incompletas, entregas eternas, desvelos que nos dejaban idiotas y felices al mismo tiempo. Entre clase y clase, en los pasillos, mientras esperábamos al maestro, repetíamos trailers, exagerábamos escenas, hacíamos chistes malos, nos burlábamos de todo.
La vida se sentía ligera.
Predecible.
Yo estaba más emocionado que los demás porque ya tenía el plan armado: ir al cine con mi hermano en la tarde.
Además, en la noche era el cumpleaños de un amigo. Había fiesta.
Así eran muchos viernes: universidad, risas, cine, alcohol barato, ir de bar en bar cuando se podía. Nada extremo. Nada fuera de control. La vida avanzando sin pedir permiso.
Nada que me hiciera pensar que todo podía romperse en cuestión de horas.
Por la tarde fui al cine con mi hermano. La película nos dejó riéndonos como cuando éramos niños: empujándonos con el hombro al salir de la sala, repitiendo frases, exagerando escenas como si no quisiéramos soltarlas todavía. Era uno de esos momentos simples que se sienten firmes. Estables. Como si todo estuviera en su lugar.
Al llegar a casa subí las escaleras rápido. Ya iba tarde.
Fui directo al cuarto de mis papás. Los dos estaban ahí.
—Oigan, me voy a una fiesta. Es el cumpleaños de un amigo —dije desde la puerta, sin entrar del todo.
Mi papá me miró un segundo. No con desconfianza. Más bien como midiendo algo que no sabía explicar.
—¿A qué hora regresas?
—No sé… al rato. Te aviso.
Mi mamá levantó la vista.
—Que te lleve tu hermano y me avisas cuando llegues.
—Sí.
Nada más.
Solo eso.
Como se dicen las cosas que uno cree que van a repetirse siempre.
Mi hermano me llevó. El camino fue corto, normal, de esos que no se recuerdan porque no tienen nada especial. Me dejó en la entrada del conjunto donde vivía mi amigo: un portón grande, negro. A un lado, una caseta con un policía medio aburrido. Eran pocas casas alineadas en una pendiente, iluminadas por focos amarillos que apenas alcanzaban a cortar la noche. Desde ahí ya se escuchaba la música, amortiguada, vibrando en el aire.
La fiesta estaba hasta el fondo: una casa con dos jardines conectados por unas escaleras de piedra.
—Buenas noches, vengo a casa de Andrés Cervantes.
El policía abrió el portón sin mirarme demasiado.
Adentro todo era ruido y movimiento. Gritos. Abrazos. Vasos levantados. Música que no recuerdo cuál era. Alex, como siempre, chocó su lata con la mía.
—A darle, cabrón.
El ambiente era ligero. Risas. Gente hablando al mismo tiempo.
Empecé a tomar.
Una cerveza.
No más.
Y entonces llegó.
Un mareo breve.
Seco.
Como si el piso se moviera apenas un centímetro.
No lo suficiente para caer.
Lo suficiente para notarlo.
El estómago se me apretó un poco.
La cabeza se sintió rara, hueca.
No como cuando uno se marea por tomar.
Como si algo no estuviera bien acomodado.
Saqué el celular y marqué a mi mamá.
—Ma… me mareé.
Nota: este es un fragmento. Más adelante voy a publicar otras partes del capítulo.
Comentarios