Antes de mi accidente, escuchar bien no significaba nada especial.

Era algo que pasaba solo.

No lo agradecía.
No lo pensaba.
Simplemente estaba ahí.

Después del accidente perdí la audición.
Y ahí empecé a entender lo que significa escuchar de verdad.

Han pasado nueve años desde que me pusieron mi primer procesador: un Nucleus 6.

Nueve años escuchando el mundo a través de ese aparato.

Nueve años acostumbrándome a una forma distinta de oír.

Este miércoles me lo voy a cambiar por un Nucleus 8.

Y llevo días sintiendo algo que no esperaba: emoción.

No es una emoción que le pueda explicar fácil a alguien que siempre escuchó bien.

Para la mayoría de la gente, un miércoles es un miércoles.

Para mí, este miércoles
es distinto.

Es un aparato nuevo.
Es tecnología nueva.
Es la posibilidad de escuchar un poco mejor de lo que llevo escuchando durante casi una década.

Y eso me tiene pensando en algo que no pienso seguido:
en todo lo que perdí esa noche, y en todo lo que gané después.

Perdí la manera en que escuchaba antes.

Perdí el dar por sentado algo tan simple como una conversación, una canción, un ruido de fondo.

Pero también gané otra cosa: la capacidad de emocionarme por algo tan chico como un miércoles.

Antes del accidente jamás me habría emocionado por un aparato.
Por una actualización.
Por escuchar "un poco mejor".

Ahora sí.

Y no es que antes no apreciara escuchar.
Es que no sabía que había algo que apreciar.

Uno no valora lo que da por sentado.
Yo no valoraba escuchar bien porque nunca tuve que hacerlo.
Solo pasaba.

Ahora cada mejora, por pequeña que sea, se siente enorme.

No sé exactamente qué va a cambiar el miércoles.
No sé si voy a notar la diferencia de inmediato, o si va a ser algo que se vaya acomodando poco a poco, como pasó con el Nucleus 6.

Pero sé que voy a estar ahí, esperando escuchar el mundo un poco distinto.

Y sé que esa emoción, la de esperar algo tan simple como escuchar mejor,
es algo que también me dejó el accidente.

No lo pedí.

No lo habría elegido.

Pero ahí está.