Llevaba tiempo evitando reuniones así.

No era solo la cara.

Era también la disautonomía.

Mucha gente hablando al mismo tiempo.

El ruido.

El rato largo de pie.

Sostener conversación.

Todo eso me la dispara. Ya lo he escrito antes.

Entonces cuando me invitaban, muchas veces no iba.

Era más fácil no arriesgarme.

Esta vez fue distinto.

La reunión

Era el cumpleaños de mi hermana.

Como quince personas.

Amigas suyas. Gente que no conocía tanto.

El tipo de evento que antes me habría hecho pensarlo dos veces.

O de plano no ir.

Fui con un plan. Sin dramatizarlo demasiado.

Llevé electrolitos.

Tomé tres cervezas — algo que normalmente ni pienso hacer, porque con una sola ya me puedo marear.

No me dio.

Lo que creo que hizo la diferencia

No fue solo el cuerpo.

Fue también cómo llegué.

Fui relajado. No estuve todo el tiempo pendiente de si se me notaba la cara. No la cubrí.

Platiqué. Hice amigos. Dejé que la noche fluyera sin estar calculando cada momento.

Sé que el estrés es uno de mis disparadores más fuertes.

Puede que la combinación fuera exactamente esa: menos estrés social, electrolitos a tiempo, cuidar el ritmo del alcohol.

No sé si sea la fórmula exacta.

Pero por esta vez funcionó.

Lo que me llevo

No creo que esto signifique que ya "se me quitó."

O que nunca me va a volver a dar.

No funciona así.

Pero sí es la primera vez que tengo evidencia concreta de que puedo prepararme para algo así, en lugar de solo evitarlo.

Eso cambia la pregunta.

Ya no es: ¿voy o no voy, por si me da?

Es más bien: ¿qué necesito llevar, y cómo necesito llegar, para que ir valga la pena?

Todavía me falta soltura en lo social, en ese tipo de eventos. Ahí sigo poniéndome nervioso, pensando que voy a decir alguna tontería.

Pero eso es otro tema. Para otro día.

Por ahora me quedo con esto:

la próxima reunión a la que me inviten, ya sé un poco mejor cómo prepararme.