Hay algo curioso que pasa cuando no escuchas bien: no siempre sabes qué tan fuerte estás hablando.

A mí me pasaba mucho antes del implante coclear, cuando usaba solo auxiliares auditivos.

En lugares tranquilos no se notaba tanto. Pero en restaurantes llenos sí.

Una vez, cuando vivía en Ecuador, fui a comer con mi mamá y mi papá.

El restaurante estaba lleno. Mesas hablando, platos moviéndose, música de fondo, meseros pasando, todo mezclado.

En algún momento quise pedir algo de tomar.

Así que llamé al mesero:
—¡Oiga!

Para mí fue completamente normal.

Un volumen razonable. Educado, incluso.

Pero el mesero se volteó como si alguien lo hubiera llamado desde la otra colonia.

Mi mamá me miró y me dijo:
—No le grites.

Yo me quedé confundido.

No sentía que hubiera gritado. Según yo, estaba hablando perfectamente normal.

Tiempo después me pasó algo parecido en una taquería.

Cuando terminamos de cenar levanté la mano para pedir la cuenta.

—¡La cuenta, por favor!

El mesero pegó un salto.

No un sobresalto leve. Un salto de verdad.

Otra vez, yo no sentí que estuviera gritando.

Ese es el problema cuando no escuchas bien: pierdes un poco la referencia de tu propia voz.

Para los demás estás gritando.

Para ti, estás teniendo una conversación perfectamente tranquila.