Antes de mi accidente me gustaba salir a antros o a lugares con música fuerte.
No me molestaba.
Era parte del ambiente y ya.

Después del accidente, eso cambió mucho.
Entre la pérdida de audición y el implante coclear, la música fuerte empezó a estresarme.
No solo por el volumen,
también por todo lo que viene con eso:
la gente hablando al mismo tiempo,
el ruido mezclado,
el esfuerzo de tratar de entender algo dentro de ese caos.

Durante mucho tiempo, salir a lugares así me cansaba rápido.
Me empezaba a sentir incómodo,
saturado,
como si en vez de estar disfrutando solo estuviera aguantando.

Por eso dejé de ver esos lugares como algo divertido.
Ya no eran algo natural para mí.
Eran algo que me costaba.

Hoy fui a una boda.
Había música fuertísima,
muchísima gente,
y en teoría era justo el tipo de lugar que antes me habría estresado.

Pero me di cuenta de algo:
la música fuerte ya no me molestó como antes.

No digo que ahora todo me dé igual,
ni que escuchar en esos ambientes sea fácil.
Pero sí sentí claramente que algo cambió.
Ya no entré en ese estado inmediato de tensión.
Ya no sentí que quería irme nada más para escapar del ruido.

De hecho, me la pasé bien.

Y eso me sorprendió.
Porque no fue algo que hubiera notado poco a poco.
Más bien hoy se volvió evidente.
Como si de pronto hubiera visto una adaptación que llevaba tiempo ocurriendo sin que yo me diera cuenta del todo.

Supongo que así pasa a veces.
Uno cambia lentamente,
se adapta lentamente,
y no lo nota hasta que un día está en medio de un lugar que antes le pesaba muchísimo
y descubre que ya no se siente igual.

No sé si esto significa que ya superé por completo ese tipo de ambientes.
Tampoco creo que sea tan simple.
Pero sí me dejó algo claro:
ya me adapté más de lo que pensaba.

Y eso, para mí, ya es mucho.